Saltar al contenido

El PSOE ha cambiado

19 julio, 2010

Luís Solana planteaba en su blog una reflexión sobre los posibles cambios en la política del gobierno. A su juicio el giro hacia el conservadurismo en política económico es necesario para salir de la crisis y cerraba con una frase: 

El gobierno no está traicionando al socialismo, está haciendo posible que el socialismo siga vivo tras la crisis.

Dejo el enlace para que se pueda leer completo: http://www.luissolana.com/?p=3352

Yo le respondí lo que sigue y que comparto ahora, discrepando con él, como era de esperar:

El partido socialista mantiene una política conservadora desde que evolucionó y dejó de ser un partido de clase para ser un partido de masas. Desde entonces, su papel dentro del bipartidismo exige que sus políticas sean moderadas y no difieran demasiado del otro partido, de esta forma los indecisos podrán elegir a uno o a otro cuando quieran un cambio mínimo, que en nuestro país se concreta sobre todo en aspectos de tipo religioso o pogresista. Esto coloca al PP como partido de la derecha dura católica y al PSOE como supuesta derecha moderada progresista, aunque yo suelo apodarlos “pseudoprogresistas”, dado que las medidas tomadas en las últimas legislaturas me parecen más enfocadas a captar el voto de cierto sector que se presenta a sí mismo como “de mente abierta” que al progreso real o al cambio social.
Los intereses que suscribe esta política conservadora no son los intereses de la sociedad. Es cierto que ante una situación de crisis hay muchas decisiones duras que tomar y que algunas deben tomarse por decreto, pero yo creo que estas deberían dirigirse a un control mayor de las entidades financieras que repercuta en que ellas destinen parte de sus beneficios al gasto social para que de esa forma los ciudadanos no pierdan prestaciones cuando el gobierno no es capaz de asumirlo. Así la relación entre Estado y Banca que se establece cuando se asegura su liquidez sería retroalimentativa y no unidireccional.
También considero que sería muy socialista modificar los impuestos directos cuya cuantía depende de la ganancia y no los indirectos, como el I.V.A, que paga todo el mundo por igual cuando no todo el mundo cobra igual. Y de ser necesario lo segundo, debería ir siempre acompañado de lo primero a reglón seguido o incluso precederlo.
Asimismo quiero poner de manifiesto que también se espera de un gobierno socialista un criterio en el gasto público que medidas populistas como los 400€ (que no es más que una ilusión del reparto de la riqueza y una compra de votos), las becas para estancias de escolares en el extranjero (una experiencia poco enriquecedora ya que el nivel de idiomas de estos mismos no esta preparada y que deviene en un gasto social que genera riqueza en esos países y que supone además un gasto lógico a mayores para las familias españolas de esos escolares) o la creación de un ministerio de igualdad cuando una reforma educativa real sería suficiente para solucionar ambos problemas. Una reforma educativa además que debe empezar por las bases y no por la cabeza, ya que la implantación del plan Bolonia de una forma satisfactoria es imposible sobre las bases de la educación secundaria y primaria actuales, eso sin entrar a discutir el papel de la banca en este nuevo plan o si éste facilita el acceso de todos los segmentos sociales a la enseñanza superior (una idea socialista básica) o más bien convierte la Universidad en un centro de producción de técnicos cualificados para ocupar el puesto que les está destinado en el mundo laboral sujeta a las variaciones en la oferta y la demanda y a la rentabilidad. Una reforma educativa que aparte la religión de las aulas antes de nada y que no permita la especulación histórica al servicio de la manipulación política ni la formación de conciencias por parte del profesorado, que defienda el pensamiento independiente y el espiritu crítico que nutren el funcionamiento de la democracia. También se espera de los socialistas que defiendan el arte y el saber, no los beneficios de las empresas que los comercializan a lo que parece que va dirigido el canon digital; cuando es una reforma integral del sector reclamada por el auge de las nuevas tecnologías de la información lo que se reclama por parte de los consumidores y de la sociedad.
Podría seguir enumerando ejemplos del programa electoral que el PSOE tendría que presentar si no hiciese tanto tiempo que no es ni socialista ni, por supuesto, obrero; pero creo que excedería el tamaño apropiado de un comentario, que ya rebaso con lo dicho.

Este gobierno mató el socialismo mucho antes de la crisis

Aquí, en cambio, puedo añadir más ejemplos si los que llegan no son suficientes, tan sólo solicitadlo en los comentarios de esta esta entrada, que escribí no como socialista que no soy, si no como observador crítico.

La muerte del mediano

19 julio, 2010

La ley d’Hont vigente en nuestro sistema electoral es una ley matematica que procura dotar a las minoría de mayor representatividad. Funciona con la división del numero de votos por una sucesión de números enteros hasta alcanzar el número de escaños a repartir por jurisdicción comparando cada cociente en una tabla y asignando el escaño al número mayor mantiniendo los no “premiados” su resultado para la siguiente comparación. Ejemplificado vendría a significar que el primer escaño se le otorgaría al partido más votado y el segundo a aquel partido cuyos votos superen a la división por dos de los del partido más votado y así sucesivamente. Para una explicación mayor pregunten en los comentarios.

Como consecuencia inmediata de esta ley puede entenderse, como ya dije, la mayor representatividad de las minorias, pero la lectura que yo quiero hacer hoy es la devaluación de los votos de los partidos de ambito nacional no mayoritarios. Me explico, según la ley D´Hont las minorías son minorías según las jurisdicciones, esto que significa que un partido minoritario como, por ejemplo el BNG con  menos de medio millón de votos puede acceder a tres de los escaños gallegos mientras que IU que reune entre todas las jurisdicciones casi un millón pero solo consigue hacerlo efectivo en igual número de escaños.

No quiero que interpreten en mi ejemplo ningún partidismo, no lo hay, este post persigue una observación objetiva. La conclusión que quiero  extraer es la siguiente: La ley D’Hont supone la muerte de los partidos medianos que ven mermada su representatividad en favor de los pequeños, garantizando de facto el bipartidismo. ¿Por qué garantizan el bipardismo? Porque los siguientes en el reparto, después de los mayoritarios PP y PSOE, son siempre los distintos partidos nacionalistas según la jurisdicción. Al ser en cierto sentido localistas o regionalistas, nunca formarán una fuerza homogénea aunque se pongan de acuerdo para ciertas cosas. De esta forma se diluye la posibilidad de una tercera fuerza política consolidada ya que, para haberla, tendría que ser tan grande como los mayoritarios o por lo menos como la segunda, como en su tiempo lo fue el PC.

A esto hay que añardirle que el número de escaños por jurisdicción varía, lo que en ciertos casos se traduce en la preponderancia de los votos de ciertas regiones sobre otras, lo que magnifica la fuerza de los representantes de sus partidos políticos nacionalistas al corresponderles al mismo tiempo que el mayor resparto de escaños ”el premio D’Hont”, esto explica el poder de los nacionalistas catalanes.

Yo me pregunto ante esta reflexión si no sería mejor un sistema donde la ley D’Hont eligiese el Senado y el Congreso se eligiese con el número total de votos excluyendo a aquellos que no obtengan un porcentaje razonable para entrar en el cómputo. Sería necesario eso sí un Senado útil, no como el que tenemos en la actualidad que actúa como cajón de sastre de viejas glorias políticas y un reparto de competencias entre ambos. De esa forma habría medianos a los que votar cuando las dos caras de la moneda no te convencen y me parece estupendo el ejemplo de la moneda porque a día de hoy los mayoritarios se comportan como partidos de derechas, derecha dura católica el PP y derecha moderada pseudoprogresista el PSOE.

El debate de los sordomudos

16 julio, 2010

Desde niño soy un entusiasta de la política por lo que aprovecho, siempre que se me ofrece, la oportunidad de escuchar un discurso en directo; aunque ello implique casi siempre prestar atención a largas peroratas vacías o pupulistas. Además, las nuevas reglas de la comunicación demagógica limitan la expresión del orador en los medios a una frase pronunciada en diez segundos, precedida y sucedida por una explicación subjetiva, a modo de resumen del resto de la intervención, que un periodista parcial profiere en nombre de los intereses a los que sirve su cadena.

La principal consecuencia, y la más evidente, es la desinformación del ciudadano, que genera un problema de entendimiento entre la clase dirigente y la masa de votantes. No obstante, la consecuencia que a mí me interesa hoy es la pauperización de la retórica que deviene del intento de aprovechar esos diez segundos en antena para transmitir el punto fuerte del comunicado. Ello conlleva que el discurso se reduzca a la repetición continua por parte del político de dos o tres frases simples que acabarán siendo las emitidas. De esta forma, asistir a un discurso en directo se vuelve insoportable y seguir la política en los medios una tarea complicadisima de adivinación, deducción y especulación. Muchos optan por escuchar distintas fuentes bajo la pretensión de que la suma de dos medias mentiras da como resultado una verdad entera, algo completamente contrario a la lógica euclidiana. La única conclusión final extrapolable es aceptar que se nos manipula; se nos vende la ilusión de vivir en la sociedad de la información, pero se anula nuestra capacidad crítica y se nos niega la opinión no mediatizada. La culpa es nuestra, de una sociedad ufana de su democracia que se comporta como el grupo de analfabetos funcionales que es y se traga cualquier menú oclocrático siempre y cuando no implique moverse del sofá.

Sin embargo, hay un día en el que esta regla no se cumple. Hay un día en el que la televisión se entrega a la política por completo: el día del debate sobre el estado de la nación. Durante varias horas sus señorías recriminan al presidente sus errores y dan su oponión, y nosotros los entusiastas disfrutamos de la magia de la oratoria, una asignatura obligatoria para cualquier aspirante a líder democrático que parece olvidada en nuestros días. El debate nos brinda la única oportunidad real de juzgar a nuestros políticos por ellos mismos y no por la opinión que otros nos den de esos diez segundos. Además el evento se desarrolla siempre del mismo modo, con un estricto protocolo; por lo que aparentemente nada cambia de una vez a otra a excepción del contenido de la discusión y nada distrae nuestra atención de los discursos.

El debate de ayer; sin embargo, fue deprimente, vergonzoso y insultante. Insultante porque la actuación de los políticos demuestra que se nos considera tan idiotas como parecemos, vergonzoso porque nadie pareció ofenderse con el insulto y deprimente porque pronostica un presente aciago y un futuro de desesperación. Horas y horas de cháchara vacía mal expresada sobre temas paralelos, distracciones respecto al punto fuerte: la economía. Ayer se habló de economía sí, la oposición hizo una crítica destructiva de lo mal que lo hace el gobierno sin ofrecer alternativas concretas; mientras el gobierno se centró de la necesidad que impone la esperanza de vida de retrasar la jubilación (algo completamente prioritario en un país con cuatro millones de jubilados temporales forzosos viviendo de la más pequeña de las pensiones de jubilación, el paro). De lo que no se habló fue de una reforma estructural de las entidades financieras que permita su control, de la necesidad de que los ricos ganen menos para que la sociedad al completo gane más, de que los empresarios reduzcan beneficios en tiempos de crisis y no plantilla, de ofrecer oportunidades dignas de trabajo a los jóvenes que quieren independizarse económicamente más allá del contrato basura.

De todo eso no se habló, no hubo tiempo; había que discutir una oportuna sentencia del constitucional que cae como agua de mayo para distraer la atención del público hacia la ruptura de España y cuya trascendencia es muy discutible dado que el Presidente, siguiendo las recomendaciones de la propia sentencia, llevará adelante las reformas por otras vías. El viejo timo del nacionalismo que ya está pasado de moda, pero que tan bien sirve los intereses de distracción de los políticos. Somos una sociedad donde una pequeña minoría con mucha representación reivindica independencias imposibles de facto a nivel económico y al mismo tiempo la inmensa mayoría anima a los deportistas que considera compatriotas aunque su calidad humana deje mucho que desear en general. Una sociedad en la que el nacionalismo ya sea centrípeto o centrífugo no es más que una quimera sobre la que corren ríos de tinta inútiles, ya que el común de la gente no siente la batalla nacional como propia más allá del fútbol aunque permite que se convierta en tema del día. Sobre nacionalismo todo el mundo tiene una opinión o un sentimiento, pero muy pocos levantarían un fusil para defender lo uno o lo otro; y sin ese fusil estás mudo.

El debate de ayer nos lleva a la conclusión de que los ciudadanos estamos sordos a nuestras propias necesidades ya que aunque nuestros representantes no las reivindican ni defienden permanecemos mudos. Resulta así una irónia que lo único que recuerde a los entusiastas que lo de ayer era un debate político fuese la intérprete de sordomudos que aparecía en la parte inferior de la pantalla. Aristóteles se equivocó, ya no somos animales políticos, ya casi sólo somos animales que comen, duermen y respiran; sordos y mudos ante los abusos de una clase dirigente servil, egocéntrica y estupida, pero representativa de lo que somos, ¿en qué nos hemos convertido?

El porqué de este blog

16 julio, 2010

(averiguándose todavía)

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.